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lunes, 21 de julio de 2025

El hombre de negro

 


Ayer, domingo 20 de julio, decidí disfrutar de un día de picnic en el Parque Cuerini, ubicado en el centro de la ciudad de Vicenza. 

Me encanta estar en contacto con la naturaleza y valorar momentos de paz y armonía, por lo que este maravilloso parque resultó ser el lugar perfecto para un delicioso picnic, rodeada de patos, gallinas y palomas.

Disfruto de lo simple, evitando complicaciones que impliquen viajes largos y estresantes.

 Cuanto más simple es la vida, más paz se puede encontrar. Pasé el día escribiendo, escuchando música y observando a las personas que pasaban: familias reunidas, parejas enamoradas que se besaban, abuelos sudando con sus nietos, y personas corriendo, ejercitándose y disfrutando de todo un poco.

 Era fascinante ver cómo el mundo continuaba su curso, lleno de eventos que a menudo ni siquiera podemos imaginar.

Cuando la tarde casi había terminado, decidí iniciar mi viaje de regreso, el cual debía hacer en bicicleta durante cuarenta y cinco minutos. 

Durante el trayecto, sentí una sed intensa; mi garganta estaba completamente seca y anhelaba un poco de agua fresca. Así que pensé en detenerme en el primer bar que encontrara.

El único bar abierto en ese momento era el que se encontraba en Le Madalenne. 

Al verlo abierto, respiré aliviada, ya que mi sed realmente me estaba atormentando. Al entrar, salían tres abuelos, y dentro estaban la señora que servía las bebidas y dos hombres, uno de piel clara y otro de piel oscura.

Le pregunté a la señora si tenía botellas de agua con gas, y ella me respondió que sí. 

Le solicité una, y cuando ella me la entregó, decidí pagar. Para mi sorpresa, el hombre de piel oscura se ofreció a cubrir el costo. Me quedé sorprendida, ya que no lo esperaba. 

Sin embargo, insistió y, tras un momento de duda, acepté su generosidad. Pensé: “¿Qué querrá a cambio?”

En un instante, mi rostro se tornó inquieto, ya que no sabía si había tomado la decisión correcta. 

Para mi sorpresa, parecía no esperar nada a cambio, pues tras pagar el agua con gas, se marchó de inmediato, dejándome allí, perpleja, mientras lo observaba salir del bar.

Realmente me quedé congelada. En ese momento, reflexioné sobre la última vez que alguien había sido amable conmigo de manera desinteresada, y para ser sincera, no lo recordaba.

Creo que habían pasado varios años desde la última vez que alguien actuó con tal amabilidad, y ni siquiera puedo recordar quién fue.

Esta experiencia me llevó a cuestionarme por qué me sorprendía tanto, cuando debería ser algo completamente normal y natural en el ser humano. 

Aún más impactante fue darme cuenta de que la persona que me ofreció este gesto era alguien de escasos recursos económicos, lo que lo hacía aún más asombroso.

A veces, quienes menos tienen son los que más dan.

Esta es la parte más importante de la historia que deseo compartir contigo: muchas personas creen que para ser amables con los demás, debemos recibir amabilidad a cambio. Sin embargo, esto no siempre es cierto.

En mi experiencia personal, han pasado largos periodos sin recibir un gesto desinteresado de alguien, pero eso no me impide ser generoso y actuar con bondad hacia los demás.

El hecho de que otros no sean amables conmigo no justifica mi propia falta de generosidad.

Cada individuo ofrece lo que tiene, y aunque algunos puedan ser poco amables, eso no eliminará mi deseo de ser gentil. Realizar actos de bondad y generosidad es una actividad que genera beneficios mutuos. 

Expreso mi generosidad a través de la donación de mi tiempo, ya que considero que es el recurso más valioso que un ser humano puede ofrecer.

Muchos consideran la generosidad como un acto muy tonto, pero en realidad, es un reflejo del amor incondicional que reside en nuestro interior.

Jesucristo, el ser humano más importante que ha pisado esta Tierra, dedicó su vida a realizar actos desinteresados de generosidad.

Si él, siendo el más grande, promovió la bondad y la generosidad, ¿por qué deberíamos catalogar tales actitudes como propias de tontos? Su vida fue un ejemplo a seguir, y su mensaje perdura, aunque pocos lo escuchen.

Hebreos 13:5 "Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré."

Dios, que es amor, nos invita a expresar ese amor a través de nuestras acciones y palabras, buscando una conexión más profunda con nuestro creador.

Si le dices a tu hijo que ser generoso es cosa de tontos, lo estarás criando en el egoísmo. ¿Es posible encontrar la felicidad en medio de la miseria que acompaña esa actitud? El egoísmo solo conduce a la infelicidad, ya que no está alineado con las leyes del amor.

Dar con alegría:

La Biblia nos enseña a dar con alegría a los demás y a las causas dignas, reconociendo que Dios ama al dador alegre.

La verdadera magia de dar sin esperar nada a cambio es que Dios se encarga de devolvernos nuestras acciones bondadosas de manera justa y equilibrada, justo cuando más lo necesitamos. No creo que debamos ponerle un precio a todo; la monetización ha distorsionado nuestra percepción de la generosidad. 

Muchas personas no actúan si no ven un interés económico, creyendo erróneamente que el dinero es la fuente de felicidad.

El dinero fue creado para satisfacer necesidades y permitir una vida digna, pero se ha convertido en un concepto distorsionado, asociado con la felicidad.

El amor al dinero es la raíz de todos los males:

La Biblia advierte que el amor al dinero puede llevar a la codicia, la avaricia y la idolatría, alejándonos de Dios.

Sin embargo, la verdadera felicidad radica en las cosas más simples, mientras que muchos buscan la satisfacción en lo complejo. Así es que, a menudo, son las personas más sencillas quienes encuentran la mayor felicidad en la vida.

No permitamos que el dinero se convierta en la prioridad principal en nuestras vidas, ni que el deseo insaciable de riqueza destruya los lazos y conexiones con nuestros familiares y amigos cercanos.

Debemos priorizar las relaciones interpersonales y situar el dinero en un segundo plano.


María G.


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