🔻Los síntomas de mi herida de rechazo
Hace ya algún tiempo compartí el origen de mi herida de rechazo, pero aún no había hablado de los síntomas que me causó por tantos años, sin siquiera saber que todo aquello provenía del rechazo de mi padre. Era como caminar por la vida con una venda en los ojos.
Siempre doy gracias a Dios porque he podido sanar mi herida de la infancia con su guia divina.✨
Hoy finalmente puedo compartir con detalles lo que enfrenté por tanto tiempo en silencio, ya que muchas de estas cosas nunca las hablé con nadie.
🥰🤗🧠 Lo más bello es que logre sanar todo esto de manera completamente autónoma, guiada por mi fe y por un trabajo interno impecable, sin necesidad de recurrir a terapias externas o ayuda profesional. Todo fue desde la mano de Dios que me guío cada paso.
🕊️Tal vez tú, que me lees ahora, te sientas identificado con lo que voy a describir y solo tú puedas entenderme; porque esto hay que vivirlo para comprenderlo.
📌Es muy fácil sentarse a criticar y juzgar a una persona sin saber lo que le está pasando realmente, la batalla mental que está enfrentando día a día. 📌No todo el mundo tiene el conocimiento ni mucho menos la empatía para entender a alguien que carga con una herida por sanar; solo aquellos que han pasado por eso me comprenderán.
Esto que experimenté fue solo mío. Tengo otras dos hermanas, pero ellas no pasaron por lo que yo pasé, porque el rechazo de mi padre fue únicamente conmigo. Soy la segunda de tres hermanas, pero mis otras dos hermanas no sufrieron ese rechazo; mi padre solo quiso rechazarme a mí. No fue solo el rechazo de mi padre también enfrentar el abandono de mi madre a las ocho años de edad. Era tener que gestionar el rechazo y el abandono al mismo tiempo. También el favoritismo de mis padres que me hicieron sentir totalmente transparente. Fueron muchas cosas la que tuve que ordenar en mi mente pero Dios confió en mí con paciencia y con mucho amor me ayudó a sanar todas mis dolencias emocionales.
🌟Hablemos de los síntomas que me causó mi herida de rechazo.
1. Síntomas físicos
En el plano físico pude llegar a experimentar punzadas en el pecho o pecho apretado, dolores de cabeza, mareos y episodios de falta de aire en los que no podía respirar bien.
Imagínate el poder que puede tener una creencia al punto de llevarte a manifestar síntomas por tener emociones mal gestionadas. Al mismo tiempo, era frustrante porque no sabía cómo defenderme de algo que ni siquiera podía reconocer: que detrás de todo eso había una herida esperando ser sanada.
2. El estado de ánimo y la fragilidad emocional
Esta es solo una parte del pastel, porque lo más duro y devastador era el estado de ánimo. Creo que por mi mente pasó más de cien veces la idea de simplemente querer dejar de existir. Era tanto así, que para mí la tristeza se había vuelto una normalidad y formaba parte de mi vida. No era depresión —porque la depresión te quita las ganas de todo, y eso no era lo que me sucedía—, era simplemente unas ganas de dejar de existir porque sentía que no valía ni servía para nada, sentía que nadie me quería.
Es como una sensación de desolación profunda donde el trato humano te hace sentir no amado, como si no merecieras ese afecto. Es desgarrador, porque equivale a que te digan: "Tú no eres nada, tus sentimientos no valen nada, tu presencia no es necesaria y tu dolor no importa".
Aquí en Italia me hicieron sentir así, como si mi dolor, mi desesperación, mi tristeza y mi soledad no le importaran a nadie.
Pasé varios años triste y enojada sin saber el motivo exacto. Sentía mucha frustración por no saber cómo salir de allí, ya que era realmente horrible. La tristeza era continua porque, al cargar con la herida de rechazo, uno de sus rasgos principales es permitir que el valor propio sea definido por las palabras y las acciones de los demás. Esto hacía que, cada vez que alguien se comportaba de manera despreciativa conmigo, me ignoraba o decía algo hiriente, yo me derrumbara emocionalmente.
Para poner un ejemplo sencillo de lo frágil que era: si una persona conocida pasaba a mi lado y no me saludaba, yo me sentía muy mal. Necesitaba ese saludo para sentir que valía; si no lo hacía, interpretaba que yo no valía nada. Un detalle tan pequeño como ese me arruinaba el día. Vivía pendiente de cómo me trataban los demás para definir mi valor como persona, buscando ese amor a través de un gesto amable, un simple saludo o una palabra cariñosa. Cuando no lo recibía, mi corazón se destrozaba por completo.
Recuerdo que, cuando era pequeña en la escuela, una compañera que se sentaba frente a mí hizo un gesto desagradable una vez y me puse a llorar desconsoladamente. Mi estado de ánimo era tan frágil que cualquier persona podía destruirme con el más mínimo gesto.
También me pasaba que me ponía a la defensiva con ciertas personas; era como mantener la guardia en alto para evitar que alguien me hiciera sentir que no valía nada.
Sentía emociones muy intensas sin lograr identificar su origen ni su detonante.
Había un pensamiento que no lograba identificar con claridad hasta que Dios me dio absoluta lucidez, y era realmente desolador porque me generaba emociones muy intensas, el pensamiento era: "eres una insignificante."
Al descubrir qué las causaba, entendí que una creencia limitante mal gestionada puede manifestarse en malestares y síntomas físicos. Tu cuerpo termina revelándose ante una emoción que solo intenta gritar que algo no anda bien.
3. El entrenamiento en Italia y la ruptura de patrones
El dolor y la tristeza continuaron hasta venirme a Italia, sin la menor idea de lo que tendría que enfrentar en este país.
Era el lugar perfecto para experimentar la frialdad y la indiferencia humana, pero al mismo tiempo, el campo de entrenamiento necesario para superar y sanar mi herida. En un ambiente amoroso y cálido probablemente no lo habría logrado, porque necesitaba romper con patrones de creencias que me mantenían anclada en un sufrimiento que parecía perpetuo.
El proceso fue realmente duro. Estar en un país extranjero como Italia, sin familiares ni amigos confiables, hace que todo se vuelva mucho más pesado, pero al mismo tiempo representa un gran desafío para la mente. Allí es cuando me doy cuenta que lo único que tengo es a Dios y a nadie más.
Para terminar de entender las cosas con claridad, hay que pasar por la oscuridad, y fue ahí, tocando fondo, donde pude empezar a ver la vida con otros ojos.
Hoy, más que sentir reproche hacia quienes me despreciaron, lo veo desde un lugar de agradecimiento. Gracias a esos desprecios e indiferecias pude sanar, reconociendo que mi valor no depende de cómo me traten, ni de sus palabras, ni de sus acciones. Poco a poco, con la ayuda de Dios y mucha paciencia, fui reconociendo cada patrón limitante que me causaba dolor.
Dios me colocó en una situación donde pude ver con mis propios ojos cómo se comporta alguien que arrastra una herida profunda. Comprendí que nuestros actos están dominados por patrones de pensamiento que pueden arruinarnos la vida si no logramos transmutarlos.
4. La trampa de la comparación
Había otra cosa que hacía de manera inconsciente y me causaba un dolor lacerante: la comparación. No me comparaba con quien tenía la mejor casa o las vacaciones más espectaculares; me comparaba en algo mucho más vital: el amor. Veía a otras personas profundamente amadas por sus padres, amigos o seres queridos, y me preguntaba por qué a mí no me amaban así. Eso dolía muchísimo.
Por mucho tiempo me lastimé haciendo comparaciones que hoy entiendo que no debí hacer. Comprendí que quizás mis padres no supieron amarme como yo hubiera querido, pero Dios sí me ama profundamente, y eso para mí es suficiente. Cuando entiendes eso, dejas de compararte con quienes tuvieron padres que supieron amar, cuidar y proteger a sus hijos. Hoy ya no me comparo; puedo ver a los hijos que han sido profundamente amados desde la admiración y la paz.
La bendición de sanar
Mis hermanas recibieron un trato muy diferente al mío, pero ya no me cuestiono el porqué; simplemente me tocó a mí. A pesar de no haber tenido el privilegio de sentirme amada, vista, escuchada y protegida por mis padres, hoy no me siento una persona desafortunada. Al contrario, me siento una privilegiada por el conocimiento que me ha dado Dios, el cual me permite tener hoy una vida llena de calma y armonía donde las tormentas del pasado ya no pueden tocarme.
📌A veces la vida puede parecer injusta al inicio, pero al final te das cuenta de que no lo ha sido; simplemente te ha dejado de último para darte la mejor parte. No porque seas mejor que los demás, sino porque te has acercado más a Dios.
🌟🕊️Sanar mis heridas y tener un corazón libre de odio y rencor es la mayor bendición que he podido obtener de toda esta historia.
Los dolores en el pecho, la falta de aire, las punzadas, los mareos, la tristeza y el enojo han desaparecido, no como arte de magia, sino por haber alcanzado la capacidad de tener el conocimiento y las herramientas necesarias para superar y transmutar todas aquellas creencias limitantes que me mantenían en las sombras de la agonía emocional.
🔥Ahora que estoy plenamente sana puedo enfrentar la vida con una soberanía emocional imponente donde nadie puede tocar mi valor con sus acciones y sus palabras.
🦋Las heridas del alma sanan cuando permites que el amor florezca en tu interior.
📌🕊️No olvides mantener un diálogo interno con Dios, que es el único que puede sanar tu corazón con la paz y el amor que solo Él nos puede ofrecer.
🦋🫂Concluyo con esta reflexión que encontré en Pinterest dice:
"No te enfoques en el dolor en sí, sino en su propósito. Dios permite que el dolor nos moldee, nos haga e incluso nos rompa, para que Él pueda hacernos completos de nuevo. Puedes verlo como dolor, pero Dios lo ve como preparación para una versión más fuerte, más sabia y mejor de ti."
☑️ Si conoces a alguien que esté enfrentando una situación similar comparte esta información.
💟Mi herida de rechazo comenzó así La niña no deseada.
— María G.💞















