Hubo una etapa en mi vida en la que me sentía injustamente atacada por personas que solo buscaban defender sus propios intereses, sin considerar el dolor y la desesperación que causaban en mi corazón.
Una tarde, me enfrenté a una persona que formaba parte de la familia que uno adopta al compartir la vida con alguien con un vínculo amoroso. Esto ocurrió fuera de casa, cuando le hice ver que Dios estaba observando cómo me trataban y lo injusto que era su comportamiento hacia mí. Alzando la mirada hacia el cielo, señalé con determinación, "mira que Dios está mirando como ustedes me están tratando"
Sin perder tiempo, esta persona se apresuró a responder: "No metas a Dios en esto". Su confianza, según sus palabras, residía en el perro que tenía en casa, a quien consideraba su verdadero amigo. Fue un momento de profunda frustración, al tener que soportar lo que consideraba cruel e injusto, mientras algunos eligen defender lo que les importa, ignorando los sentimientos de los demás.
He sido testigo de cómo las personas defienden a sus hijos, sin importar si tienen razón o el dolor que estas acciones puedan causar. He vivido esta realidad en carne propia, y es innegablemente doloroso y angustiante ver cómo se defiende lo indefendible solo por el lazo sanguíneo.
Aquel día, esta persona intentó apartar de mi lado a Dios, la única fuente de consuelo que tenía. Me negaba a lo que me fortalecía, diciéndome que no involucrara a Dios en la situación. Sin embargo, Dios es justo y verdadero.
Meses después, cuando finalmente logré salir de aquel infierno, recibí la noticia de que el perro que él había puesto en primer lugar había sido herido por una serpiente mientras paseaba por la montaña, y murió días después. Me pareció extraño que ese perro fuera atacado precisamente por una serpiente. Este hecho, aunque lamentable, deja un mensaje importante para reflexionar.
Este hombre había desafiado a Dios, afirmando que no podía inmiscuirse en lo que sucedía ante su trono, mientras que él confiaba plenamente en su perro, al que trataba con más respeto que a mí. A pesar de haber sido tratada de manera inferior, he logrado perdonar a esta persona, a quien considero una figura paterna.
Recuerdo que una vez quiso golpearme por defenderme de algo que sabía era injusto. En otra ocasión, cuando alguien me agredió, él justificó la violencia diciendo que "por algo te golpearon", lo que jamás debería ser una justificación. He perdonado su falta de compasión por mi dolor y desesperación.
Aún tengo la oportunidad de ver a esta persona, ya que compartimos familiares, y me complace decir que no guardo rencor hacia él y le deseo lo mejor de corazón. Él ha intentado defender a su ser querido, como es natural en las personas que actúan sin considerar a los demás.
Este comportamiento refleja una falta de evolución personal, y respeto su proceso sin emitir juicios que no me corresponden. Solo Dios tiene la potestad de juzgar su alma, y yo no estoy aquí para juzgar, sino para amar y perdonar.
El hecho de que se atreviera a pedir que no involucrara a Dios es una muestra de rebeldía, quizás un acto de ignorancia, sin comprender que sus palabras tienen consecuencias. Hablar de Dios exige cuidado y respeto. No dudo del poder de Dios, que actúa con autoridad ante quienes lo desafían.
Recuerdo esta experiencia con respeto y admiración hacia un Dios que permite muchas cosas para brindarnos la oportunidad de evolucionar y elevar nuestra conciencia, pero que también sabe actuar ante aquellos que intentan opacar su autoridad suprema. Dios es bueno, único y verdadero.
María G.
Extracto de mi libro:

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