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martes, 13 de mayo de 2025

La indiferencia del sacerdote

 


La indiferencia del sacerdote


Colosenses 3:12 - Entonces, como escogidos de Dios, santos y amados, revestíos de tierna compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia.

Toda alma que atraviesa una situación difícil busca refugio en la presencia de un ser querido o de confianza, con la esperanza de encontrar paz o al menos sentirse escuchada en medio de su dolor y desesperación. Sin embargo, no siempre logramos encontrar lo que buscamos, lo que puede provocar, en muchas ocasiones, una profunda decepción e incluso resentimiento.

  • “El resentimiento es como tomar veneno y esperar que la otra persona muera.”

Hace algunos años, enfrenté un periodo muy complicado en mi vida y creí que podría superarlo por mi cuenta. Me mantuve firme en esa decisión hasta que, un día, pensé que tal vez era el momento de hablar con alguien que pudiera ayudarme a sentirme escuchada y comprendida. Estaba convencida de que encontraría las respuestas y el entendimiento que tanto necesitaba.

Así que decidí hablar con el sacerdote. Llegué allí sumida en un mar de lágrimas, pero para mi sorpresa, la vida me presentó un duro golpe de realidad que en ese momento consideré doloroso. Enfrentaba una profunda soledad y frustración, y, para agravar la situación, experimenté la indiferencia del sacerdote. 

Al compartirle brevemente mi situación, ni siquiera se molestó en mirarme a los ojos; simplemente bajó la mirada y me dijo que haría una oración por mí, mientras me acompañaba a la puerta.

Recuerdo que la primera vez que vi a este sacerdote fue cuando decidí ofrecerme como voluntaria para ayudar en la limpieza de la iglesia. En esa ocasión, me recibió con calidez y me felicitó por mi gesto solidario. Me miró a los ojos y pude ver una sonrisa amable en su rostro. Sin embargo, en el momento en que realmente necesitaba su atención, comprensión, compasión y empatía, no pudo brindarme nada de eso.

En ese momento, no experimenté enojo; en cambio, mi dolor y soledad se intensificaron, sintiendo que, por razones que en ese momento no comprendía del todo, nadie podía empatizar con mi situación.

Es natural pensar que un sacerdote debería ofrecer un poco de empatía, ya que representa el amor de Dios. Sin embargo, en este caso, eso no ocurrió. 

La Biblia se refiere con frecuencia a actos de empatía. Amarse unos a otros a menudo significa volverse profundamente personales unos con otros, y lo vemos en las Escrituras cuando Pablo alentó a los cristianos a "[alegrarse] con los que están alegres; [llorar] con los que lloran." (Romanos 12:15). Al compartir estas emociones, vivimos la vida juntos como una familia cristiana, a través de todos los altibajos. El apóstol Pedro también animó a los cristianos a mostrar compasión por los demás, viviendo en armonía" y practicando el amor fraternal (1 Pedro 3: 8).

Podría caer en la tentación de condenar su comportamiento hacia alguien que se encuentra en una situación de desesperación, ya que no pudo proporcionarme lo que anhelaba sentir de una autoridad espiritual como la suya.

Jesús es nuestro mejor ejemplo de empatía. Nació como un ser humano para poder experimentar cada emoción humana (Hebreos 4:15). Podemos regocijarnos de que Jesús tenga total empatía por lo que atravesamos en nuestras vidas. Los evangelios están llenos de historias de Cristo mostrando compasión por las personas que lo necesitan. En Lucas 7: 11–16, Jesús vio el dolor de una viuda y se llenó de compasión por ella. Él sintió su profundo dolor y aflicción y le devolvió la vida a su hijo, y todos allí glorificaron a Dios porque vieron cómo Él comprende y sana el dolor. Jesús siempre fue sensible a las experiencias e historias de los demás (Mateo 9:36).

Me pregunto si realmente debería enojarme con alguien por no haberme ofrecido lo que necesitaba. ¿Debo sentirme decepcionada porque el sacerdote no ha cumplido mis expectativas y no ha estado a la altura de su investidura?

Este tipo de situaciones ocurren a diario en contextos familiares, de amistad, de pareja y en el ámbito laboral, donde a menudo esperamos que los demás satisfagan nuestras expectativas sin alcanzar un nivel de comprensión más profundo. 

Es fundamental reconocer que cada persona está en su propio camino de crecimiento espiritual y no todos se encuentran en el mismo lugar ni en el mismo nivel de conciencia.

El hecho de que este sacerdote no haya podido ofrecerme su empatía y compasión no me otorga el derecho de criticarlo simplemente por ser sacerdote. Los sacerdotes son seres humanos, al igual que todos nosotros, y también están en su propio proceso de crecimiento espiritual. Ser sacerdote no implica alcanzar un estado de perfección absoluta.

Los sacerdotes son personas que, al igual que nosotros, tienen la responsabilidad de trabajar en su interior y cultivar cualidades positivas como la compasión, el perdón y la empatía. 

No puedo permitirme juzgar y criticar al sacerdote, sabiendo que cada individuo está en un lugar distinto en su nivel de conciencia. Es esencial respetar el proceso de crecimiento espiritual de cada ser humano.

Es inútil juzgar el comportamiento de alguien que actúa con indiferencia, ya que esta indiferencia a menudo surge de una falta de amor al prójimo. 

Es fundamental realizar un trabajo interno sobre el amor y cultivarlo para despertar la empatía y la compasión hacia los demás. Este es el compromiso que un sacerdote debe asumir; por lo tanto, no es prudente juzgarlo, ya que es una persona que aún necesita trabajar en su capacidad de amar para desarrollar esa empatía.

Criticar al sacerdote podría considerarse un comportamiento injusto y propio de un alma poco evolucionada. Un alma que ha alcanzado un mayor nivel de evolución comprende la importancia de respetar el proceso individual de cada ser y reconoce que la crítica no contribuye a nuestro crecimiento espiritual. 

La crítica a menudo surge de la falta de comprensión sobre el comportamiento ajeno, y a través de este comportamiento, se puede discernir el nivel de evolución del alma. Si se trata de un alma en desarrollo, es crucial respetar su camino.

Al respetar su proceso evolutivo, evitamos crear resentimientos y decepciones que generan emociones negativas, perjudicando nuestro bienestar emocional, físico y mental. Dedicar tiempo a criticar las acciones de este sacerdote resulta ser una pérdida de tiempo absoluta.

Un enfoque saludable consiste en aceptar con respeto la indiferencia del sacerdote, reconociendo que aún debe realizar un trabajo interno para cultivar su empatía y compasión hacia los demás. No estamos en este mundo para juzgar o criticar las acciones de otros, sino para comprender, ser pacientes y tolerantes con el proceso evolutivo de cada ser humano.

Cuando entendemos que cada persona sigue su propio camino espiritual y que no todos se encuentran en el mismo nivel de evolución, podemos liberarnos fácilmente de resentimientos y rencores hacia aquellos que no se comportan como esperábamos. 

Albergar resentimiento en mi corazón hacia este sacerdote, que actúa según su nivel evolutivo de amor, resulta inútil. Su comportamiento refleja claramente el trabajo que aún necesita realizar, y no soy quien para juzgarlo por lo que aún debe desarrollar en su ser.

Es esencial adoptar una perspectiva más elevada de conciencia, observando a este sacerdote con compasión y empatía por el trabajo interior que aún necesita llevar a cabo para que su alma pueda evolucionar y elevarse a frecuencias de amor mas pura y verdadera.

Cada palabra que pronunciamos posee una frecuencia y un impacto en nuestra energía, lo que hace crucial elegir con sabiduría la forma en que nos expresamos sobre los demás. Estas palabras generan un efecto vibracional que puede influir positiva o negativamente en nuestro cuerpo.

Al dedicarnos a criticar y juzgar el comportamiento ajeno, no somos conscientes de que estamos perjudicando nuestro campo energético de manera adversa, lo que afecta nuestro estado emocional y físico. 

Es probable que una persona que se enfoca en resaltar lo positivo de los demás exhiba una piel más hermosa y radiante en comparación con quienes se dedican a la crítica y al juicio. 

Este simple ejemplo ilustra que hablar negativamente y enfatizar lo negativo solo nos coloca en una posición de desventaja, ya que a nivel energético, solo tenemos que perder.

Nuestro cuerpo es energía, y vibramos en una frecuencia positiva o negativa según nuestros pensamientos, comportamientos y palabras. ù

Lo que pensamos y decimos define nuestra energía divina, y la luz de nuestro ser brillará con mayor intensidad a medida que nuestro amor crezca. Donde hay amor, no hay crítica; en el amor no hay juicio, sino respeto, paciencia y comprensión.

Todos somos capaces de mostrar amor porque Dios nos amó primero (1 Juan 4:19), también somos capaces de mostrar empatía, porque Dios es el mayor empático. David clamó a Dios en los Salmos, y su poesía nos enseña cómo Dios nos entiende íntimamente. "Toma en cuenta mis lamentos; registra mi llanto en tu libro. (Salmo 56: 8). Podemos consolarnos sabiendo que Dios tiene la capacidad de conocer todas y cada una de nuestras luchas y emociones. Podemos echar nuestras ansiedades sobre Él porque Él se preocupa por nosotros (1 Pedro 5: 7).

Recientemente, tuve la oportunidad de observar a este sacerdote desde la distancia, y no puedes imaginar la  ternura que este ser humano despertó en mí. A pesar de ser una persona que aún debe desarrollar su empatía, está realizando una labor hermosa y admirable. 

Esto es lo que realmente importa en la vida: destacar lo positivo en los demás y dejar de lado aquello en lo que aún tienen que trabajar, porque nadie es perfecto. Todos hemos venido a este mundo para aprender, servir, ayudar, perdonar y, sobre todo, amar.

Jesús dijo: 'Perdonar,no te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete'. Esto significa que estamos llamados a perdonar siempre. No podemos pretender para nosotros el perdón de Dios, si no somos capaces de conceder el perdón a nuestro prójimo.

Maria G.

Extracto de mi libro: Una vida de perdón






Cancion sobre el perdón: Elijo perdonar



lunes, 12 de mayo de 2025

El amigo de la papa

 

  

El amigo de la papa


La Biblia nos enseña que la verdadera amistad va más allá de la mera compañía. Es una relación marcada por la lealtad, el amor, la honestidad y el apoyo en los momentos difíciles. 

Proverbios 18:24 nos recuerda que existen amigos más fieles que un hermano, destacando el valor incalculable de una amistad genuina.

Los regalos representan un símbolo de afecto y amor hacia un ser querido. No importa si provienen de un amigo, un familiar o una pareja sentimental; este gesto es siempre bien recibido y valorado. Sin embargo, en ocasiones, este mismo gesto puede generar conflictos en las relaciones humanas.

Recuerdo a un amigo que era casi como parte de mi familia; era una persona muy amable y sencilla. Cuando pasaba frente a su casa lo saludaba con gran aprecio.

Una tarde, al pasar frente a su casa, lo vi trabajando en su huerto. Me detuve un momento para saludarlo y durante nuestra conversación sobre los trabajos que el tenía aun pendientes, me ofreció regalarme algunas papas.

Agradecí el gesto, pero le mencioné que estaba bien así y no acepté las papas. Sin embargo, él insistió en que quería dármelas, y al final, accedí a aceptarlas. Observé cómo se dirigió a seleccionar las batatas, que estaban cerca de donde hablábamos.

Él tenía dos canastas: una contenía batatas grandes y gruesas, mientras que la otra tenía batatas pequeñas y delgadas. Noté que se dirigió directamente a la canasta con las batatas pequeñas.

En ese momento, no supe qué decir al ver lo que estaba ocurriendo. En mi país, las batatas pequeñas y delgadas se suelen dar a los cerdos para que las consuman, y mi amigo me las estaba ofreciendo a mí. 

Me sentí ofendida al darme cuenta de que eligió las batatas menos apetitosas, a pesar de que había opciones más grandes y mejores disponibles en la otra canasta.

Decidí quedarme en silencio y regresar a casa con las papas pequeñas y flacas. Por un momento, intenté cocinarlas, pero al observar su tamaño, me pareció que ni siquiera valían la pena. 

Regresé donde mi amigo y le pregunté por qué me había dado estas patatas en lugar de las más grandes, dando la impresión de que quería deshacerse de ellas.

En lugar de disculparse, él se ofendió y aparentemente se enojó. Le pregunté si ya no quería seguir siendo mi amigo, con la intención de medir el grado de su enojo. Su respuesta me sorprendió: me dijo que era mejor que no le hablara más. Tuve que respetar su decisión y dejar de comunicarme con él. 

Estaba convencido de que su acción no había sido inapropiada, aunque en ese momento yo no lo comprendía así porque para mi había sido muy ofensivo.

Ahora entiendo que, a menudo, las personas hablan o actúan de cierta manera sin intención de ofender. Mi amigo, al regalarme las papas delgadas, pensaba que estaba siendo amable, sin imaginar que mi reacción sería diferente y que podría interpretarlo como una ofensa. 

Cualquiera que observe su gesto podría sentirse ofendido, pero si profundizamos en la situación, podemos darle otro enfoque y no tomarlo de manera personal.

Al reflexionar sobre sus acciones y palabras, me doy cuenta de que su intención no era ofenderme al ofrecerme esas papas. 

Estoy segura de que no quería que me sintiera como un contenedor de desechos para lo que él consideraba inservible. Esta experiencia me ha enseñado la importancia de observar las acciones y palabras de los demás para comprender si realmente buscan herirnos.

Es fundamental reconocer que muchas veces actuamos de manera tan natural que no podemos imaginar que lo que hacemos puede ser ofensivo para otros. Estoy convencida de que este amigo, que siempre ha sido gentil y respetuoso conmigo, no tenía ninguna intención de ofenderme al ofrecerme esas papas.

Para discernir si una persona actúa con la intención de ofender, debemos evaluar su carácter y valores. Si es alguien que siempre ha mostrado amabilidad y respeto, es probable que sus acciones no busquen herirnos, sino que reflejan su naturaleza genuina

En el caso de mi amigo, puedo afirmar que siempre ha sido respetuoso y amable y en su ofrecimiento de esas pequeñas papas no tenía la intención de hacerme sentir mal, porque eso no corresponde a su personalidad; no es alguien que disfrute causar malestar a los demás.

El poder observar la situación desde una perspectiva más elevada me permite liberarme de sentimientos como el odio, el rencor o el resentimiento que podrían surgir de esta experiencia. 

He reflexionado profundamente sobre sus acciones y, sobre todo, sobre su personalidad, que no coincide con esos comportamientos que podrían resultar ofensivos. 

Al analizar más a fondo, comprendo que su intención no era ofenderme, ya que ofender a los demás no es parte de su carácter. Conozco a esta persona desde hace muchos años y nunca ha herido a nadie, ni ha insultado o humillado a alguien.

Si has experimentado algo similar con alguien que te ha ofendido, te animo a reflexionar sobre sus acciones y palabras, así como sobre su personalidad. 

Pregúntate si el modo en que te trató es representativo de su carácter, si ha actuado de la misma manera con otros y si su intención realmente era ofenderte. 

Si llegas a la conclusión de que no fue así, trata de no tomar las cosas de forma personal y busca olvidar y perdonar lo que podría haber sido ofensivo, recordando que, en el fondo, la verdadera intención no era herirte.

Es fundamental recordar que los errores son parte de la experiencia humana y que debemos cultivar la paciencia y la tolerancia hacia los errores de los demás para llevar una vida más plena y serena.

Los errores de los demás pueden definir su ubicación en el "tren" de la vida, en el que todos viajamos juntos, aunque no todos ocupemos el mismo lugar. 

Los vagones del tren tienen asientos en la parte delantera, en el medio y en la parte trasera. Aquellos que se sientan en los vagones delanteros son quienes han adquirido mayor sabiduría espiritual a través de sus experiencias. 

Por otro lado, los pasajeros en los vagones del medio y trasero son quienes aún necesitan trabajar en su desarrollo personal para evolucionar espiritualmente y ocupar el vagón delantero.

Por ello, es esencial tener paciencia con aquellos que se encuentran en los vagones traseros, ya que son personas que todavía deben realizar un trabajo interno para superar sus errores y elevarse espiritualmente. 

Aquellos que ocupan los vagones delanteros, habiendo superado sus propias experiencias, mirarán a estos pasajeros con compasión y sin rencor.

Todos estamos en este mundo viviendo la maravillosa experiencia de la vida humana, con el propósito de elevar nuestra conciencia, despertar nuestro máximo potencial y vibrar a una frecuencia cada vez más elevada de amor.

El Señor dijo: “Debéis perdonaros los unos a los otros; pues el que no perdona las ofensas de su hermano, queda condenado ante el Señor, porque en él permanece el mayor pecado. Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres” (D. y C. 64:9–10).

En Mateo 6:12, Jesús nos enseñó a orar, 'Perdóna nuestras deudas como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores'. Él dejó claro que la oferta de perdón de Dios es inseparable de nuestra disposición a perdonar a los demás.

Jesús nos llama a perdonar no solo por la salud de nuestra comunidad, sino también por nuestro propio beneficio. 

Cuando la falta de perdón echa raíces, produce resentimiento. Y como dice el viejo refrán, "el resentimiento es como beber veneno y esperar que la otra persona muera".

La paciencia y la tolerancia son elementos fundamentales que debemos llevar en nuestra mochila durante este extraordinario viaje. 

No olvides que el amor siempre te conducirá a un lugar de serenidad y te acercará cada vez más a Dios, nuestro creador.


Maria G.

Extracto de mi libro: Una vida de perdón


Oración       

Amado Dios, presérvame de poner 
mi corazón en las cosas del
mundo y más aún de albergar codicia;
 ayúdame a vivir con la
moderación y el control que debe
 caracterizar a los

hijos de Dios. Te amo, amén.

Cancion sobre el perdón: Elijo perdonar



domingo, 4 de mayo de 2025

La niña no deseada

 




Salmos 127:3-5 "Los hijos son la herencia que nos da el SEÑOR; los frutos del vientre son la recompensa que viene de Dios."

¿Qué es lo más espantoso que puede ocurrirle a una niña que aún está en el vientre de su madre?

Una pequeñita que ansía ser rodeada de amor, cariño, alegría e ilusión. Todos los hijos sueñan con ese recibimiento.

La niña espera que la reciban con los brazos abiertos y los ojos llenos de brillo e ilusión de unos padres que le darán una bienvenida llena de alegría.

Suena como un cuento de hadas, pero ese cuento se convierte en una historia de terror, que casi termina acabando con la vida de una inocente criatura en manos de su propio padre.


Las palabras que escuché una tarde cualquiera de mi propia madre son de aquellas que ningún hijo desearía oír. 

Con su tono frío, comenzó a relatarme lo que ocurrió en una tarde, cuando aún faltaban unos meses para mi nacimiento.

Aquella tarde, mi padre se alistaba para salir, creando una excusa para visitar a algunos amigos. Sin embargo, la realidad era muy distinta. 

Sus verdaderas intenciones eran encontrarse con otra mujer, pero mi madre había comprendido sus planes. Por ello, decidió acompañarlo con la intención de frustrar sus intentos. 

Mi madre no tenía la menor idea que despertaria el enojo más horrible por parte de mi padreMi padre enojado sale de la casa con la intención de salir en  el carro sin mi madre pero ella lo persiguió tratando de evitar que se subiera  al carro. 

Esto solo hizo enojar aún más a mi padre. Desahogo todo su enojo empujando  a mi madre cayendo sin remedio al piso. 

En ese mismo instante  mi padre lleno de ira enciende el carro con la intención de pasarle por encima  a mi madre embarazada que aún estaba tendida en el suelo.

 Los vecinos habían escuchado los gritos de mi madre y se apresuraron a evitar la trágica muerte de dos seres inocentes, víctimas de la ira de un hombre sediento de sexo, aquellas ganas de sexo que casi cobran la vida de dos personas.

Gracias a la ayuda de unos vecinos hoy puedo estar aquí escribiendo estas líneas y compartir mi historia con la  intención de inspirar y ayudar aquellas personas que hoy puedan estar sufriendo por alguna herida que aún no han podido reconocer.

Luego de terminar de  escuchar las palabras de mi madre  me   he  quedado  en  silencio  ante tan inesperada y  desagradable revelación. 

Pero a mi madre no le fue suficiente aquella revelación, ella tenía algo más que decir. Me dio el golpe de gracia agregando otra  revelación  igualmente devastante y dolorosa. 


Luego de un silencio, mi madre agregó,

  - tu padre se enojó mucho cuando supo que yo estaba embarazada de ti


Ese fue el  día elegido para hacerme sentir la persona menos especial del mundo. No me tarde mucho tiempo en comprender lo poco especial o amada que fui por mis padres, sobre todo de mi propio padre.

¿Cómo se puede sentir un ser humano al descubrir que su padre se enojó por su llegada al mundo? Se esperaría que una de las personas que más debería amarte, en este caso tu padre,  sintiera amor por ti. 

En lugar de manifestar alegría, solo mostró enojo. Mi nacimiento, en lugar de ser motivo de felicidad, le generó frustración. ¿Acaso no pudo experimentar, aunque fuera por un instante, un poco de alegría? ¿Olvidó que él también fue parte de mi creación?


El regalo más hermoso que un padre puede otorgar a un hijo es hacerle sentir amado. Por otro lado, el gesto más doloroso que un padre puede ofrecer es el desprecio y la falta de amor hacia un hijo que, en algún momento, fue concebido por amor o simplemente por placer. Independientemente de la razón, cada niño merece ser amado, valorado y apreciado.

Esta experiencia traumática tuvo un impacto profundamente negativo en mi vida. Crecí con la percepción de que no me querían, sintiéndome no amada, desprotegida, no valorada y no apreciada. Esta vivencia generó en mí una serie de creencias negativas que provocaron un gran dolor y sufrimiento.

Pasé muchos años sufriendo y siendo prisionera de las creencias que surgieron de esa experiencia negativa, la cual marcó mi vida de manera indeleble. Cuando uno no siente el amor de sus padres, busca inconscientemente la validación de otras personas para confirmar que merece ser valorado y apreciado. Sin embargo, cuando aquellos a quienes anhelamos que nos reconozcan no pueden ofrecer lo que deseamos y en consecuencia experimentamos un profundo sufrimiento.

Se siente como si varias cuchilladas penetraran en el alma y llora y clama de dolor y desesperación, ya que nadie puede aliviar ese sufrimiento interno a menos que tengamos el valor de reconocer que debemos confrontar esa herida y llevarla a la luz para sanar y liberarnos de un tormento casi eterno.

¿Puedes imaginar lo miserable que me sentí al saber que no fui una hija deseada?

A menudo he reflexionado sobre si hubiera preferido ser adoptada por una familia que pudiera brindarme el amor, la atención y la protección que mis padres no lograron ofrecerme. Creo firmemente que todo ser humano merece experimentar amor y ser valorado.

Cuando tenía la oportunidad de observar a familias que esperaban con alegría y entusiasmo la llegada de un hijo, a menudo me preguntaba por qué mis padres no me brindaron ese mismo afecto. 

Pensaba en lo afortunados que eran esos niños de contar con padres tan dedicados, que mostraban un amor y una devoción tan hermosos, sentimientos que yo nunca experimenté por parte de los míos.

El sentimiento de ser amada me fue negado de muchas maneras, y en numerosas ocasiones me sentí transparente e insignificante, como si no valiera nada.

Ahora que tengo una hija de ocho años, me esfuerzo por asegurarme de que nunca le falte la certeza de que es muy amada. Se lo repito cada día: “Mami te ama, mami te ama mucho, mami te adora”. Considero que es fundamental para el desarrollo emocional de los hijos sentirse amados, valorados, apreciados y escuchados.

No es el éxito profesional lo que garantiza la felicidad de los hijos; más bien, una sólida demostración de afecto puede contribuir a que sean emocionalmente más estables. Y donde hay estabilidad emocional, hay felicidad.

Los traumas de la infancia pueden destruir la vida adulta de un niño que no ha sentido amor ni aprecio.

Agradezco a Dios por haber podido sanar mis heridas de la infancia y superar los traumas derivados del intento de asesinato por parte de mi padre, y sobre todo, haber encontrado en mi corazón el perdón hacia mi padre por haber intentado acabar con mi vida de manera tan despiadada y cruel.

Perdonar a mi padre representa un acto de amor incondicional, tanto hacia él como hacia Dios, a quien venero profundamente y deseo mantener una conexión profunda. 

Para estar cerca de Dios, es esencial practicar el perdón, ya que a través de este gesto, ofrezco un voto de amor, y donde hay amor, Dios siempre está presente.

Dios es la esencia del amor, y para acercarnos a Él, es fundamental vibrar en esa misma frecuencia. Si una persona permanece atrapada en sentimientos de odio y rencor, sin darse cuenta, se aleja de Dios, quien reside en la energía del amor. Alejarse del odio y del rencor es, por lo tanto, necesario, ya que ambas emociones son opuestas al amor.

Mi padre cometió un grave error al traer al mundo a una niña indefensa sin considerar las consecuencias de sus instintos. Sin embargo, no soy quien para juzgarlo ni criticarlo; su experiencia puede servir de lección para muchos hombres que, lamentablemente, puedan repetir el mismo patrón de irresponsabilidad al traer hijos a este mundo.

Cuando llevo a mi hija Isabella a la escuela, observo a padres que demuestran amor y dedicación al acompañar a sus hijos. Me llama especialmente la atención un padre que lleva a su hija de la mano; admiro su dedicación y amor. Esa niña es afortunada de contar con un padre que la ama tanto. 

Muchos de estos niños no son conscientes de la suerte que tienen al recibir el amor devoto de sus padres, quienes están dispuestos a hacer cualquier cosa por ellos.

Admiro profundamente a aquellos hombres que asumen con responsabilidad la paternidad y que, en lugar de considerar la opción de interrumpir la vida de una criatura inocente, eligen traerla al mundo con amor. 

Siempre miro con admiración a esos padres que, en silencio, me inspiran a pensar: "¡Qué genial eres, papá!" y una sonrisa se dibuja en mi rostro.

Agradezco a Dios por ayudarme a  superar este dolor y trauma que casi ahogaban mi alma. 

Hoy vivo con serenidad, mirando mi pasado con amor, perdón  y aceptación. Recuerdo a mi padre con perdón y compasión, deseando que Dios también se compadezca de él y le conceda un lugar cercano a Su presencia, pues Dios es misericordioso y nos ama a pesar de nuestros defectos y errores.

También he escrito una canción para destacar la importancia de perdonar porque el perdón nos acerca a Dios. 

Maria G. 

Extracto de mi libro: Una vida de perdón


Oración       

Amado Dios, presérvame de poner 
mi corazón en las cosas del
mundo y más aún de albergar codicia;
 ayúdame a vivir con la
moderación y el control que debe
 caracterizar a los

hijos de Dios. Te amo, amén.



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