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viernes, 21 de agosto de 2026

Tener una buena relación con Dios

 


6. Tener una buena relación con Dios 

Llegamos a la parte más importante, he dejado lo mejor de último para que te quedes con un buen sabor de boca. 

La gente no se da cuenta que tener una buena relación con Dios es lo que te va a garantizar tener paz mental, soltar el control y vivir en un estado de plenitud donde nada te falta pero tampoco nada te sobra es una vida muy equilibrada pero sobre todo muy armoniosa basado en el amor, el respeto y la solidaridad. 

Anteriormente mencioné que existen personas que alcanzan la prosperidad económica solo para descubrir un profundo vacío interior, sin llegar a sentirse plenas ni felices. De igual modo, hay quienes se encuentran en relaciones estables y satisfactorias e igual experimentan esa misma carencia.

La felicidad no depende de la solvencia financiera ni del éxito sentimental.


No se puede sostener el bienestar en resultados ligados al apego material o afectivo. La plenitud real responde a la integración de tres factores esenciales.


Ya he señalado la importancia de cultivar una relación sana con uno mismo y con los demás; ahora corresponde abordar la más relevante: la conexión con Dios.

Estas líneas no responden a una teoría abstracta extraída de un libro, sino a una vivencia personal directa.

Puedo afirmar con certeza que no se requiere el trabajo soñado ni una pareja sentimental para alcanzar una profunda paz y serenidad. Aun si no has concretado tu vocación profesional o esa pareja ideal no ha tocado a tu puerta, es perfectamente posible vivir con gozo, plenitud y presencia. Incluso con ambas ausencias, la plenitud es alcanzable.


Lo indispensable es consolidar los tres pilares: una buena relación contigo mismo, con tu entorno y con Dios. Son los elementos indispensables para habitar la felicidad cotidiana.


La felicidad no significa ausencia de adversidad, sino la capacidad de permanecer confiado y optimista ante la tempestad. Es comprender que todo tiene un propósito y que, al confiar en una fuerza infinita, entendemos que lo difícil es temporal y vendrán tiempos mejores.


Confiar en los tiempos y la voluntad de Dios constituye una herramienta determinante, clave para nutrir una relación cercana con el.


Entre los pilares fundamentales para cultivar dicha cercanía destacan los siguientes:


1. La envidia


Al situar a Dios en el centro, la envidia pierde todo espacio. Si experimentas resentimiento por los logros ajenos, no le estás dando el primer lugar.


Dios representa la frecuencia del amor; la envidia, en cambio, es su opuesto absoluto.

Suele decirse "creo en Dios y lo amo", mientras se envidia al vecino, ignorando que esa actitud contradice el amor divino.


La envidia constituye una falta directa hacia el prójimo, quebrantando el mandato explícito de amar a los demás como a uno mismo.


¿Es coherente priorizar a Dios mientras se transgrede su enseñanza?


La envidia bloquea la conexión espiritual porque genera enojo, amargura y el deseo implícito de destruir la dicha ajena. Donde hay destrucción, el amor se ausenta. Aceptar esta realidad exige verdadera humildad.


Pocos líderes espirituales abordan temas tan incómodos como necesarios para una autenticidad espiritual real.


Abundan los discursos centrados en el merecimiento o en la promesa de oraciones atendidas, pero se evita confrontar las sombras del ser. La envidia es una sombra extendida en el presente, un mal constante del que casi no se habla. Se prefiere el halago blando para no incomodar, omitiendo la confrontación imprescindible para liberar el alma.


¿Alguien ha escuchado a alguien decir que asistirá a terapia para sanar su envidia?


Nadie lo hace; la envidia se ha normalizado tanto que cuesta reconocerla. Quien opera bajo su influencia no encuentra paz, pues vive en una tortura permanente.


De niña, observaba a un familiar cercano criticar constantemente a los demás. Comprendí que ese comportamiento escondía envidia, pues no existía otra razón para resaltar únicamente lo negativo.


Admito que estar cerca de esa persona me incomodaba, algo que me costaba aceptar por tratarse de alguien cercano. Con los años entendí que esa molestia derivaba de un choque energético: no es posible alinearse con quien actúa desde el resentimiento.


Hoy no tengo inconveniente en reconocer esa incomodidad y de ser necesario, lo expresaría con respeto. La verdad debe prevalecer y señalar lo que se debe corregir ayuda a evolucionar. Como afirmó Jesucristo: la verdad nos hace libres.


Una verdad incómoda suele ser el impulso que el alma requiere para madurar. La verdad no se amolda ni se maquilla.


La intención debe ser siempre genuina: comunicar con la verdad para impulsar el crecimiento mutuo.


2. El odio y el rencor 


Para tener una buena relación con Dios, el odio y el rencor deben estar fuera de la ecuación.


Odiar es totalmente lo opuesto al amor; es prácticamente imposible mantener una relación cercana con Dios cuando arrastramos odio y rencor en el corazón. Es un muro imposible de derribar si no estamos dispuestos a perdonar.


Muchas personas dicen: «Yo creo en Dios», pero viven arrastrando un resentimiento profundo por alguien, sin darse cuenta de que ese mismo resentimiento les impide tener una relación cercana con Él. De nuevo, esto nos invita a conectar con la humildad para reconocer que debemos trabajar esa sombra de odio y rencor si queremos conectar verdaderamente con Dios.


Nadie que lleve odio o rencor podrá vivir en plenitud ni mucho menos en la presencia de Dios. Aquí también se está faltando al segundo mandamiento, que nos dice: ama a tu prójimo como a ti mismo. ¿Cómo podrías mantener una buena relación con Dios si estás faltando a su segundo mandamiento?


El odio y el resentimiento se nutren de vivir en un estado de victimismo, sintiéndonos agredidos injustamente. Esto nos coloca en un lugar de rencor hacia la persona que actuó mal. Sin embargo, el victimismo y el juicio no nos dejan ver que detrás de esa postura solo hay un muro, el cual no nos permite entender que la vida no está hecha de personas perfectas; la vida está hecha de personas heridas, frustradas, amargadas, traumadas e infelices.


Una persona que opera desde sus sombras no puede comportarse como tú esperas, porque cada quien da lo que lleva en el corazón. Si en su corazón hay dolor, amargura, tristeza y enojo, eso es lo que vas a recibir de ella. No todo el mundo tiene la capacidad de gestionar sus emociones, y eso los lleva a actuar de maneras que te parecen injustas.


Personalmente, he tenido la oportunidad de perdonar a una infinidad de personas que nunca se atrevieron a pedirme disculpas, pero yo me tomé la libertad y el amor de concederles un perdón sincero. Cuando vemos a nuestro prójimo con ojos de amor, soltamos el rencor; y lo hacemos sobre todo porque queremos poner a Dios primero y no permitir que nada ni nadie nos separe de el.


Imagínate esto: si nadie te dañara, no tendrías la oportunidad de probarte a ti mismo que eres un ser de amor capaz de perdonar. Tenemos que ver cada ofensa como una oportunidad para demostrar de qué estamos hechos. Si esas oportunidades no existieran, no podríamos reconocer que somos seres de luz y que estamos aquí para amar con total libertad.


He experimentado todo tipo de maltrato —físico, psicológico, verbal— y humillaciones de todo tipo, pero he podido ofrecer un perdón genuino. Entendí que la persona que ataca sin piedad lleva su propio dolor y enfrenta su propia tormenta; no soy nadie para señalarla, criticarla, condenarla y mucho menos para odiarla.


Dios nos dice: ámense los unos a los otros, perdónense y ténganse paciencia. Si amamos verdaderamente a Dios, vamos a actuar en obediencia. Llevar odio o rencor no nos agrega valor ni nos hace mejores personas; solo nos hace vivir en las sombras y en una amargura eterna.


A mí me gusta recordar a las personas que me han dañado rescatando siempre lo bueno que hay en ellas. Por más daño que alguien te haya hecho, siempre hay algo positivo que podemos recordar y destacar. Yo elijo conscientemente recordarlas por lo bueno y no por lo malo.


En este mundo nadie es perfecto. No vinimos para ser perfectos, vinimos para ser humanos y amar con toda la intensidad. El perdón te rejuvenece el alma, te libera el corazón y te conecta con la frecuencia del amor.


Es muy hermoso encontrarte en la calle con esas personas que te dañaron y sentir una alegría genuina de ver que están bien. Puede parecer increíble, pero es posible cuando elegimos operar desde el amor y poner a Dios en nuestro corazón.




Continuará....

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