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jueves, 8 de octubre de 2026

El error como tu enemigo

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Un saludito a los que me leen de España, Alemania, Estados Unidos, Bélgica, Francia, México, Brasil, Reino Unido y demás países.🫂🦋


🦋La maestría del perdón 

¿Alguna vez te has detenido a pensar por qué sientes tanto odio hacia una persona que te lastimó, o  ¿Por qué te cuesta tanto perdonar?

Para descubrirlo, es fundamental entender el modo en que percibimos el error ajeno. Generalmente, los errores se observan desde el juicio, señalando a la otra persona y restregándole su falta en la cara. Es una postura totalmente libre de empatía y compasión hacia quien se equivocó; y desde ahí, es imposible ofrecer un perdón genuino.

Para las personas resulta prácticamente difícil empatizar con el error de la otra persona.

A partir de mi propia experiencia —y de la capacidad que he adquirido a través de los años y de las vivencias que Dios me ha ofrecido—, hoy puedo decir que sé otorgar un perdón ligero, natural, suave, cristalino.

Una vez le comenté a una maestra de Reiki, con quien hacía un curso, que yo tenía una maestría en el perdón. Muy curiosa, me preguntó dónde la había obtenido. Le respondí que en la escuela de la vida: la propia existencia me había proporcionado el material necesario para entrenar ese músculo que se endurece como una piedra, impidiéndonos perdonar desde el amor.

 Mis vivencias me ayudaron a ablandar ese músculo, dándome la capacidad de soltar aquello que puede alejarme de Dios y llevarme a vivir una vida amargada, llena de juicios y críticas destructivas que no conducen a nada bueno.

¿De dónde provienen los errores?

Para soltar el odio, el rencor y el resentimiento, tenemos que analizar profundamente desde dónde estamos viendo las faltas ajenas. Los errores provienen del enojo, la tristeza, la amargura, el miedo y las carencias personales.

 Una persona enojada puede decir  y hacer cosas que la lleven a caer en el error. Lo mismo sucede con una persona amargada o una persona con miedos, inseguridades, dolor. 

Señalar los errores de los demás no nos hace más buenos, ni más santos, ni mejores. No se trata de justificar la falta, sino de comprender su origen sin juzgar, reconociendo que no tenemos derecho a señalar el dolor ajeno.

🦋Si todos hablámos y actuamos desde la abundancia, los errores dejarían de existir. 

El pequeño detalle es que, por lo general, casi nadie lo hace desde la abundancia; las personas suelen hacerlo desde sus carencias.

Todo error nace de una carencia

¿Crees que las carencias de alguien se eligen de manera consciente? ¿Elegiría alguien conscientemente operar desde el enojo, la amargura o el miedo? Nadie quiere vivir encadenado a emociones que lo mantienen en un estado de vacío o infelicidad total. Las carencias no se eligen; provienen de las vivencias, del pasado y del entorno, y tenerlas forma parte de la condición humana. 

Las personas que hablan desde la abundancia son simplemente aquellas que ya han reconocido sus carencias, las han superado y las aceptan con humildad.

Humanizar las carencias para sanar el corazón

Debemos aceptar que nuestras carencias y las de los demás no deben ser juzgadas ni criticadas de manera despiadada. Señalar las debilidades ajenas no nos hace más humanos; al contrario, demuestra una falta de comprensión profunda del dolor del otro.

Cada carencia es un dolor

Es necesario respetar el proceso de cada individuo y comprender que sus errores son parte de ese camino. Cuando logramos humanizar las carencias y verlas desde la compasión y la empatía, podemos soltar los juicios que nos colocan en un lugar de desamor absoluto hacia nuestro prójimo. 

Solo esta visión te ayudará a arrancar el rencor y el odio del corazón.

Para obtener una maestría en el perdón se requiere una humildad capaz de romper con cualquier deseo de venganza o señalamiento. Es cerrar una puerta sin buscar culpables y enfocarse en las soluciones. Cuando entiendes que los errores de los demás son carencias no elegidas, puedes empatizar con quienes enfrentan batallas mentales y hacen lo mejor que pueden con lo que tienen.

Dar lo que queremos recibir

Debemos dar aquello que deseamos recibir. Si queremos que Dios nos mire con ojos compasivos, nosotros también debemos mirar con compasión a quienes nos lastiman y se equivocan desde sus propias carencias. 


Nuestra capacidad para comprender los errores de los demás refleja, en última instancia, nuestra capacidad más profunda de amar.


— María G.

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