El escudo a la sensibilidad
(El escenario y los nombres han sido cambiados para proteger la privacidad del consultante)
Christian cuenta que tiene un gran problema para abrirse con las personas, incluidas su pareja romántica y su entorno familiar. Siente que debe levantar murallas muy altas para protegerse de algo que solo está en su mente; experimenta la necesidad de guardar una distancia emocional para sentirse a salvo.
También evita conectar con las emociones de los demás y se aparta de la idea de sensibilizarse con las emociones de los demás.
¿Qué sucede cuando a una persona le cuesta abrirse emocionalmente y ser vulnerable ante sus seres más cercanos? ¿Cuál es la creencia distorsionada que se esconde detrás de este patrón de conducta?
Toda creencia limitante o distorsionada nace de experiencias negativas del pasado. Ese es el motivo por el cual algunas personas se relacionan de forma poco sana con situaciones que son totalmente normales. Dicha normalidad no forma parte de su sistema de creencias porque este ha sido alterado por vivencias dolorosas anteriores. Sin darse cuenta, la persona cae en un bucle donde cree que necesita defenderse o protegerse constantemente.
La sensibilidad vista como enemiga
En su caso muy personal, Christian se relaciona con su sensibilidad de un modo poco sano: cree que es su enemiga. Para él, ser sensible o vulnerable resulta peligroso y atenta contra su seguridad emocional. La creencia subyacente es clara:
"No está bien ser sensible" " Está mal ser sensible"
Al sostener esta creencia limitante, él coloca automáticamente un muro frente a los demás para evitar que penetren en esa sensibilidad que intenta blindar y así no salir lastimado.
Las personas le temen terriblemente al sufrimiento, viéndolo como a un enemigo. Sin embargo, el sufrimiento emocional es un proceso totalmente natural que no podemos saltar, bloquear ni impedir que fluya a través de nuestro sistema emocional.
Debemos aprender a ver el sufrimiento como una oportunidad de cambio. La tranquilidad no nos incita a transformarnos, pero el dolor sí nos da la oportunidad de cambiar y abrazar la confianza de que, en medio de esa prueba, nos espera algo mejor. Muchos viven su propio sufrimiento en solitario y otros eligen de manera consciente vivir su sufrimiento acompañado con lo divino.
Hebreos 11:1
"La mayor prueba de fé es cuando no tienes lo que quieres pero sigues confiado en Dios."
Los que caen en el abaismo del sufrimiento perpetuo muchas veces son aquellos que eligen llevar su sufrimiento en solitario. Su sufrimiento se hace eco constantemente porque no está amparado con el amor divino de Dios.
Esto lo puedo decir tranquilamente basado en mis propias experiencias que no es lo mismo enfrentar sufrimiento emocional con Dios que sin Dios.
El sufrimiento como un puente hacia lo divino
Puede parecer contradictorio, pero solo en medio del dolor somos capaces de aplicar la fe que hay en nuestro corazón. Por lo general, quienes se acercan a Dios son aquellos que han atravesado procesos de sufrimiento; este se convierte en el motor que los impulsa a buscarlo.
El sufrimiento es profundamente penetrante cuando estamos priorizando nuestra felicidad ante aquello que nos está haciendo sufrir. Cuando ponemos a Dios primeros y mantenemos la mirada fija en Dios el sufrimiento se hace mucho más llevadero. El sufrimiento se vuelve un calvario cuando en vez de priorizar a Dios priorizamos personas, situaciones o bienes materiales que cuando se pierden el mundo se te derrumba. Cuando priorizamos a Dios mantenemos naturalmente la mente firme en Dios podemos ver la tormenta pasar pero el amor que sentimos hacia Dios nos mantiene firme en medio de la tormenta.
Por eso dice el primer mandamiento amar a Dios sobre todas las cosas.
Generalmente las personas hacen lo contrario y aman todas las cosas primero y después a Dios.
Cuando una persona ama a Dios sobre todas las cosas puede enfrentar la ruptura sentimental de alguien pero al priorizar el amor que tienes hacia Dios ese dolor cala y se disuelve al priorizar el amor divino.
Más que ver el sufrimiento emocional como un enemigo, debemos contemplarlo como un amigo que nos invita a conectar con Dios. Por ello, quien construye muros altos y busca mantener una distancia emocional con sus seres queridos necesita trabajar la idea de que ser sensible está mal. Debe abandonar esa creencia e integrar una nueva en la que su mente comprenda que la sensibilidad es completamente normal y propia del ser humano.
Es necesario iniciar un diálogo interno donde se afirme: "Está bien ser sensible, está bien ser vulnerable".
El dolor y el sufrimiento nos invitan a confiar en Dios, a refugiarnos en Él y a recibir su consuelo en su presencia. No debemos evadir el dolor, sino abrazarlo con amor y confiar en la voluntad de Dios.
Un llamado a la reconciliación con uno mismo
Es fundamental abandonar profundamente la idea de que relacionarte con tu sensibilidad como un enemigo. Debes empezar a aceptarla como algo completamente natural del ser humano.
Ahora, cuando tu mente intente levantar esos muros altos con las personas cercanas, acompáñala con amor diciéndole: "Está bien ser sensible, está bien ser vulnerable, está bien que abra mi corazón y exprese lo que siento". Suelta el miedo al sufrimiento y permite que tu alma sienta lo que necesita para elevar su espíritu.
Yo misma no le temo al sufrimiento, porque entiendo que cada uno tiene un propósito; he sufrido mucho por diversas circunstancias, pero ese dolor se ha transformado en liberación al enfrentarlo con sabiduría, amor y confianza en Dios.
Te invito a que no te conviertas en enemigo de tu sensibilidad. Abrázala como parte de tu humanidad: tienes todo el derecho de sentir tus emociones y tu dolor, pero también el derecho de sentirte amado, comprendido y escuchado, y de recibir un abrazo sincero de corazón.
Todo sufrimiento tiene propósito. Jesucristo también sufrió mucho en la cruz y su sufrimiento tuvo un propósito. Recuerda lo siempre.
Suelta el control y confía en que cada etapa de tu vida tiene un propósito para elevar tu espíritu.
— María G.


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